sábado, 3 de marzo de 2018

El ojo de cristal (1956)
















Director: Antonio Santillán
España/Méjico, 1956, 89 minutos



Tras más de diez años de infructuosa búsqueda, era cuestión de tiempo que acabásemos dando con una película rodada en las instalaciones del Colegio San Miguel. Y esa película es El ojo de cristal. Dirigida en 1956 por el malogrado Antonio Santillán (fallecería apenas una década después, cuando contaba 57 años), se trata de un thriller policíaco surgido de la factoría Iquino en coproducción con la mejicana Oro Films.

Enrique (Carlos López Moctezuma) y su novia Clara (Beatriz Aguirre) planean hacerse con las cincuenta mil pesetas que un tal Francisco Ortiach debe cobrar de una compañía como indemnización por haberse quedado tuerto a consecuencia de un accidente. Pero el taimado Enrique va al encuentro del anciano antes de que éste haya recibido el cheque, por lo que decide matarlo y esconder el cadáver entre los escombros de una fábrica en ruinas. Y, no contento con ello, acto seguido prepara minuciosamente el asesinato de Clara, para lo que urde una sutil coartada. No obstante, el ojo de cristal de su primera víctima y un niño "aprendiz" de policía se van a cruzar fatalmente en su camino...

Los mejicanos Carlos L. Moctezuma (Enrique) y Beatriz Aguirre (Clara)

Y a los cuarenta y cinco minutos con treinta segundos de metraje... ¡Sorpresa!: un plano general del claustro de Santa María de Jerusalén inunda la pantalla. Se supone que Pedrito y sus compañeros son alumnos de la escuela, si no fuera porque los personajes viven en las inmediaciones de la catedral de Barcelona. Lo cual demuestra lo inteligentes que fueron los responsables de las localizaciones al encontrar en pleno Ensanche un rincón gótico que en nada desentonaba con el conjunto de exteriores en los que se desarrolla la historia. Una Ciudad Condal de tranvías y brumas en blanco y negro cuyos habitantes leen con regocijo las crónicas publicadas por Sebastià Gasch en Destino y de la que lo mismo se muestran las callejas del casco antiguo que los Jardinets de Gràcia o la Pensión Layetana de la Plaza Ramón Berenguer, en la que se aloja Enrique.

Del resto del reparto cabe destacar la presencia de Armando Moreno, quien un año antes se había casado con Núria Espert. Su papel de inspector inseguro y deseoso de hacer méritos para ganarse la estima del comisario contrasta con el arrojo de su hijo en la ficción (Manolito Fernández Pin), capaz de seguir al asesino hasta su madriguera con tal de ayudar al padre a desenmarañar una intriga que parecía imposible de resolver. Y ¿qué decir del inefable Saza? Como propietario de la tintorería La Puntualidad compone una genial pincelada cómica, no sólo por su peculiar forma de atender a los clientes, sino, sobre todo, por su manera de correr a gorrazos al pobre Miguelín (Francisco Alonso).

No quisiéramos, por último, acabar sin mencionar la presencia, detrás de las cámaras, del siempre entrañable José María Nunes como ayudante de dirección, de José Antonio de la Loma como adaptador de un relato de William Irish (heterónimo de Cornell Woolrich) o de la excelente banda sonora compuesta por José Casas Augé. Eso y unos diálogos que no tienen desperdicio. Como cuando Enrique le pide cambio a la quiosquera y ésta va y le espeta: "Tengo un pacto con el banco de la esquina: ni él puede vender periódicos ni yo cambiar billetes."


"Los buenos policías saben jiujitsu.
Un día mi padre le hizo a un atracador una llave así..."

"Y no tuvo más remedio que soltar la pistola.
Hasta el Jefe Superior de Policía lo felicitó..." 

"¡Bah! Si creéis todo lo que cuenta... Siempre te pilla a traición.
Su padre debe de ser igual..." 

"-¡Oye, desgraciado. Ya quisieras tú tener un padre como el mío!
-¡Sí, un enchufado!
-¡Vas a tragarte esas palabras...!" 

"¿Cómo hace tu padre para descubrir a los criminales...?" 

"¿Cómo lo ha de hacer?, por los indicios.
-¿Qué son indicios?
-Sí, hombre, sí, parece mentira que no lo sepas. Si te encuentras
un hombre muerto, tienes el indicio de que lo han matado.
-¡Qué gracioso. Podía haberse matado él mismo de una caída!" 

"¿Y si tiene un cuchillo clavado en el pecho también se ha caído?
Yo ya lo entiendo. Si la navaja es de Albacete, puede ser un indicio..." 

¡Eso es! Cualquier cosa hallada al lado de la víctima puede serlo.
Si encontráis una carta de póquer, ¿quién puede ser el asesino?
-Un jugador.
-Exacto. ¿Y si en el bolsillo del muerto encontráis una factura?
-Lo han matado por falta de pago.
-¿Lo entiendes ahora?

"Vamos a ver: si encuentras un ojo de cristal ¿qué?
-Que el asesino era tuerto.
-Claro que sí, zoquete. ¿No lo entiendes todavía?
-¡Eso de los indicios es más complicado que descubrir al criminal!" 

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