viernes, 17 de noviembre de 2017

To the Wonder (2012)
















Director: Terrence Malick
EE.UU., 2012, 112 minutos



Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos... (Mateo 22:14)

Travelín hacia delante, travelín hacia atrás, tomas en ligero contrapicado, rayos de sol a través de las hojas de los árboles, personajes filmados de espaldas mientras caminan entre la hierba dejándonos oír su voz interior... La obstinación de Terrence Malick en recurrir sistemáticamente a los mismos recursos expresivos para captar lo que de sublime hay en la existencia genera en el espectador dos posibles reacciones, si bien opuestas, ambas perfectamente argumentables: para unos su cine es la quintaesencia de lo profundo, de una espiritualidad rozando el panteísmo que el director es capaz de aprehender mediante imágenes a pesar de su inefable complejidad; para otros, en cambio, los mismos elementos suponen una insufrible retahíla de lugares comunes tan gratuitos como superficiales...

En cualquier caso, lo que resulta innegable es que desde El árbol de la vida (2011) dicho lirismo se ha ido acentuando en su caligrafía. Un estilo pretendidamente poético que tiene como consecuencia más inmediata el relegar el guion a un segundo plano en aras de una mayor vehemencia. El único inconveniente es que renunciar a un hilo argumental sólido acarrea (y, de hecho, así sucede en To the Wonder) que los actores acaben improvisando frente a la cámara una suerte de danza vacía al compás de las otrora sofisticadas (y, hoy en día, trilladísimas) partituras de Górecki o Arvo Pärt.



Digámoslo bien alto y bien claro: la genialidad que antaño demostraran Kubrick o Visconti reutilizando cinematográficamente la música de los Strauss o de Mahler no aparece por parte ninguna en esta película. Su director se encuentra, sin lugar a dudas, entre los que perciben la llamada de un sentimiento sobrehumano que va más allá de lo tangible, pero ni es ni podrá ser jamás uno de los elegidos.

Son diversos los elementos que vendrían a corroborar una afirmación tan tajante como la anterior: la gratuidad de hacer hablar a los personajes en diversos idiomas; el americano que se deja deslumbrar por las maravillas del París monumental o del monte Saint-Michel; una forma de rodar, en definitiva, que quiere ser excelsa, pero que se asemeja peligrosamente al lenguaje publicitario de los anuncios televisivos. Lo cual no impide, sin embargo, que Javier Bardem sea capaz de componer un sacerdote unamuniano sumamente interesante o que aquí y allá se logren hallazgos visualmente poderosos, como aquella bola de cristal que Ben Affleck hace girar sobre una mesa y que constituye una metáfora precisa y cautivadora de lo que de cósmico tiene la obra de Malick.


La hija del Nilo (1987)
















Título original: Ni luo he nu er
Director: Hou Hsiao-Hsien
Taiwán, 1987, 91 minutos

La hija del Nilo (1987) de Hou Hsiao-Hsien

Con motivo del Asian Film Festival, que tiene lugar estos días en Barcelona, la Filmoteca de Catalunya lleva ya, desde hace algún tiempo, programando una amplia retrospectiva del taiwanés Hou Hsiao-Hsien (1947). Y, como lo único que hasta la fecha conocíamos de él era su versión/homenaje de El globo rojo de Albert Lamorisse (estrenada hace ahora una década bajo el título de Le voyage du ballon rouge), nos hemos decantado finalmente por uno de sus títulos de los ochenta: Daughter of the Nile (1987).

En La hija del Nilo, Hsiao-Hsien centraba el objetivo de su cámara en una veinteañera que vive en los alrededores de la capital con su abuelo y dos hermanos: un muchacho mayor que ella especializado en hurtos de poca monta y una niña a la que se le dan fatal las matemáticas. Y dado que sus respectivos padres padecen cáncer, será ella la encargada de tirar del carro familiar, al tiempo que estudia en una escuela nocturna.



La existencia fluye pausadamente mientras se suceden diferentes escenas de la vida diaria de los personajes, desde el apartamento familiar hasta un restaurante de comida rápida, pasando por el aula en la que un circunspecto profesor de literatura intenta lidiar con los compañeros de la protagonista. Un mundo en apariencia tranquilo, pero en el que irrumpe la delincuencia con inesperados tiroteos. Por lo que Hsiao-yang acabará refugiándose en la lectura de un manga japonés ambientado en el antiguo Egipto (de ahí el título de la película).

Lo cotidiano, con su insípido desfile de situaciones y lugares comunes, constituye el marco de referencia para un cineasta que, mediante filmes como éste, ha sabido labrarse una firme reputación de cronista de los cambios sociales en su país: un Taiwán cuyos habitantes, especialmente los jóvenes, se debaten entre si respetar las formas de vida tradicional o abrazar sin ambages la modernidad que muchas veces implica el feroz desarrollo económico.


jueves, 16 de noviembre de 2017

El tren expreso (1982)
















Directora: Rosa María Almirall
España, 1982, 10 minutos



I
Habiéndome robado el albedrío
un amor tan infausto como mío,
ya recobrada la quietud y el seso,
volvía de París en tren expreso.
Y cuando estaba ajeno de cuidado,
como un pobre viajero fatigado,
para pasar bien cómoda la noche,
muellemente acostado,
al arrancar el tren, subió a mi coche,
seguida de una anciana,
una joven hermosa,
alta, rubia, delgada y muy graciosa,
digna de ser morena y sevillana.

Ramón de Campoamor (1817-1901)
El tren expreso 
Canto primero
"La noche"



Pequeña pieza de orfebrería, hábilmente pergeñada por la pareja Rosa María y Juan Almirall, que no eran otros sino Lina Romay y Jesús Franco, parapetados tras alguno de las decenas de heterónimos de los que se sirvieron a lo largo de su prolífica carrera. De hecho, hasta la música incidental (una bella melodía que a ratos suena como Vangelis y, a ratos, hasta le da un aire a King Crimson) fue compuesta por Jesús Franco bajo el pseudónimo de Pablo Villa. Y la locución corresponde a Laura Arias, quien recita los célebres versos del poeta Campoamor que ya inspiraron el largometraje homónimo de León Klimovsky en 1955.

El cortometraje (incluido en los extras del DVD de Labios rojos) consta, en realidad, de imágenes procedentes de la exposición sobre el ferrocarril que, por aquel entonces, organizara la Diputación de Benalmádena en el Castillo de Bil-Bil. Un collage tan sugerente como hermoso a base de detalles extraídos de evocadores carteles de época y que, por lo efectivo de su sencillez, pone de manifiesto la sagacidad de quien aprendió de Orson Welles a crear una joya en la mesa de montaje a partir de anodinos elementos cotidianos.


martes, 14 de noviembre de 2017

Basilio Martín Patino. La décima carta (2014)















Directora: Virginia García del Pino
España, 2014, 65 minutos



Homenaje póstumo a Martín Patino en la Filmoteca de Catalunya, la misma que visitó por última vez en enero del 2014 con motivo de la presentación de la que acabaría siendo su última película: el documental sobre las protestas de los indignados del 15M, Libre te quiero. Tras su fallecimiento el pasado 13 de agosto, la entidad que preside Esteve Riambau ha querido esta tarde rendir tributo a su memoria mediante la proyección de La décima carta, primera entrega del proyecto Cineastas contados. Su directora, Virginia García del Pino, comentaba en la presentación previa que prefería no quedarse hasta el final: tanta es la emoción que le produce el volver a ver en pantalla al hombre con el que, a lo largo de un año de trabajo, acabaría entablando una entrañable amistad.

Y ello a pesar de alguna que otra reticencia inicial, sólo salvada por intercesión del también realizador Javier Rebollo, quien parece ser que, a fuerza de su acostumbrado entusiasmo persuasivo, logró convencer al salmantino para que se dejase filmar en la intimidad. Eso y alguna que otra botella de buen rioja, confiesa García del Pino, siempre bien recibida por el sibarita director de Nueve cartas a Berta (1966).



Lo demás es otra "epístola", la décima, escrita conjuntamente por ambos pese a los primeros síntomas del alzhéimer, la enfermedad que, irremisiblemente, irá borrando los recuerdos de toda una vida dedicada al cine. Aun así, son muchos los aspectos biográficos que recoge la cámara, vinculados en la mayoría de ocasiones con su ya citada ópera prima, pero también con la celebrada trilogía clandestina de Martín Patino: Canciones para después de una guerraQueridísimos verdugos y Caudillo (ésta última, proyectada en la misma sala en la sesión de las 21.30h). Es, al respecto, muy interesante la enorme cantidad de documentación atesorada por su autor: recortes de prensa, estampas adquiridas en el Rastro, rancias bobinas de celuloide cuyo contenido renace a golpe de moviola, libros que un día se extraviaron y que, como El arte de matar (1968) de Daniel Sueiro (estrecho amigo y colaborador), reaparecen inesperadamente en los anaqueles de la biblioteca familiar.

En la última secuencia de La décima carta, un escéptico Martín Patino hará gala de la extrema lucidez que aún posee (por más que su pérdida de memoria sea palpable) cuando describe sarcásticamente la coronación de Felipe VI como una ceremonia huera que en nada refleja la verdadera realidad española. He ahí la perspicacia del librepensador que, desde la atalaya de su experiencia, consciente de todas las batallas que libró y de todas las causas perdidas, contempla el mundo que le rodea con melancólica indulgencia y a la espera de que le llegue su hora.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Labios rojos (1960)















Director: Jesús Franco
España, 1960, 98 minutos



En los inicios de su prolífica carrera, el incombustible Jesús Franco dirigió el policíaco Labios rojos, segundo de los más de doscientos largometrajes que rodaría a lo largo de su vida. Aunque, para ser una película de tan colorido título, el blanco y negro de la fotografía de Foriscot y Mariné se quedaba más bien corto.

La trama, que tiene como protagonistas a una pareja de atractivas y alocadas jóvenes dedicadas, como detectives aficionadas, a resolver los casos de los que luego se encargará el bonachón comisario Fernández (Manolo Morán), presenta algunos toques de humor que convierten al filme en una casi parodia, siendo los más llamativos la banda sonora compuesta por Antonio García Cano o la peculiar coreografía que Lola (Ana Castor) y Cristina (Isana Medel) protagonizan en el club de jazz Stardust.



El robo de un valiosísimo diamante se va a convertir en el motor de la acción, toda vez que una serie de peligrosos gerifaltes están dispuestos a llegar hasta donde sea necesario con tal de conseguirlo: el distinguido Alexis Kalman (Antonio Jiménez Escribano), su ayudante Carlos Moroni (interpretado por el actor peruano Nerón Rojas) o el avispado Radeck (Félix Dafauce). Todos ellos tenderán sus redes alrededor de la preciada joya, llegando incluso a urdir una trampa que inculpe a las jóvenes investigadoras en un crimen que no han cometido.

Desde el punto de vista técnico, Jesús Franco revela con esta película, por la frescura de la puesta en escena, una cierta influencia sobre su modo de filmar (todavía no muy bien digerida) de los primeros títulos de la Nouvelle vague francesa, decantándose por el uso continuado del encuadre holandés y del plano contrapicado, rasgos que no sólo ponen de manifiesto una marcada personalidad como realizador, sino que preludian su futura colaboración con Orson Welles.


Resucitado (2016)

















Título original: Risen
Director: Kevin Reynolds
EE.UU./España, 2016, 104 minutos



Como en los viejos tiempos del imperio Bronston, Risen recrea las superproducciones bíblicas rodadas en territorio español, haciendo pasar el desierto de Almería y su alcazaba por la Judea del año 33 y las murallas de Jerusalén, respectivamente. Paisajes que más o menos dan el pego y a los que ahora se une la isla de Malta. Despliegue de medios y demás parafernalia que no son óbice, sin embargo, para incurrir en anacronismos que hasta un novato de primero de latín sería capaz de señalar: nopales y pitas oriundos de América así lo atestiguan, pese a su espinoso mutismo, mientras los legionarios romanos o los doce apóstoles desfilan ante ellos sin reparar en su presencia, tan absortos andan en busca de un supuesto Mesías...

¿Y quién está detrás de semejante despropósito? Pues un tal Kevin Reynolds. Sí, señores: el mismo que tuvo el "honor" de dirigir a Kevin Costner en Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991) y Waterworld (1995). Un habitual entre los nominados a los Razzies, vaya. Aunque con Renacido ni siquiera fue capaz de copar el podio de las peores películas.

Cliff Curtis (Yeshua) y María Botto (María Magdalena) en Risen

Con todo y con eso, al espectador autóctono le aguarda la grata sorpresa de toparse en el reparto con los rostros familiares de María Botto (María Magdalena) y Luis Callejo (Joses), aparte de la banda sonora compuesta por Roque Baños.

El de la resurrección es, probablemente, el momento clave de la fe cristiana, aquel que determina la dimensión sobrenatural del personaje. Es allí donde suelen acabar la mayoría de películas que han abordado, total o parcialmente, el tema de la vida de Jesús (o Yeshua, como aquí se le llama, en aras, se supone, de un tratamiento más genuino de su figura). Risen, en cambio, opta por iniciar la historia en ese preciso instante, el que hará que el fiero tribuno Clavius (Joseph Fiennes) acabe renunciando al culto a Marte para unirse a los discípulos de quien fue capaz de sobrevivir al suplicio de la cruz.


sábado, 11 de noviembre de 2017

La luna vale un millón (1945)
















Director: Florián Rey
España, 1945, 80 minutos



L'homme du train, dirigida en 2002 por Patrice Leconte (y que ya tuvimos ocasión de comentar en este blog hace un par de años) planteaba el curioso caso de dos individuos con trayectorias radicalmente opuestas (el uno, culto y hogareño, interpretado por el recientemente fallecido Jean Rochefort; el otro, un impetuoso matón al que encarnaba Johnny Hallyday) que, por diversos avatares, terminan intercambiando sus respectivos modos de vida. Con la particularidad, además, de que el hombre de acción se aficiona al sosiego doméstico del profesor jubilado y viceversa.

Semejante argumento, sin embargo, como casi todo en este mundo, distaba bastante de ser del todo original: muchos años antes, el mítico Florián Rey había dirigido un guion coescrito por José López Rubio y Luis Marquina en el que un rico hombre de negocios barcelonés y un vagabundo de asombroso parecido físico intercambian sus identidades tras un accidente de aviación. Aunque la gracia del equívoco residía, como en el caso del filme francés que antes mencionábamos, en cómo cada uno aprende a valorar en la existencia del otro lo que le falta a la suya.



Así pues, el ejecutivo agresivo que es don Fernando Burgos (Miguel Ligero) regresará transformado de su aventura en la masía de Ripoll, sita en Castell del Mar (provincia de Tarragona), idílico entorno campestre en el que tendrá ocasión de descubrir, de la mano de la bella e inocente Teresa (Leonor Fábregas), que: "Se está mejor aquí: este silencio, esta paz... En las ciudades no se ven las estrellas. Las tapan los anuncios luminosos. Allí no se ve nunca la luna..." Por eso vale un millón: porque en el incesante ajetreo que fue su día a día hasta el momento del accidente acumuló muchas posesiones, pero ninguna riqueza.

En realidad, el mensaje que encierra la película no deja de ser un tanto mezquino, ya que Anselmo, reverso cómico del Segismundo de La vida es sueño, renuncia alegremente a las comodidades que ha podido disfrutar durante unos días en la gran ciudad, para regresar a la apacible pobreza de sus harapos. Vamos: que la situación envidiable es la del mendigo y no el estrés del millonario. Curiosa versión de la aurea mediocritas en plena autarquía franquista...

Anselmo & Fernando: Ligero & Ligero